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Así se ordeña

Así se ordeña


Unilac, la leche pura



Vereda San Francisco. La Unión. Ricardo se levantó a las cuatro y media de la mañana. A esa hora siempre llega el carro de Unilac para recoger la leche que con otros cinco campesinos recolectaron en un tanque que tienen hace 16 años.

Al lado de Ricardo está Dino. Un rottweiler que hace tres años no lo desampara. “El día que yo regale a este perro me mata una pena moral”, dice Ricardo mientras alista las canecas y filtros para irse a ordeñar.

Esta mañana está gris. La lluvia hizo que los pájaros no cantaran por ahora. Aun así, Ricardo, está listo para ordeñar las diez vacas que tiene en la manga al frente de su casita. Hoy, como todos los días, sacará 60 litros de leche. Aunque hubo épocas en las que llegó a sacar 100 litros de las mismas 10 vacas.

El propósito de hoy es aprender a ordeñar. En teoría es fácil. Ricardo lo hace con naturalidad, sin hacer el mínimo esfuerzo. “La leche no se saca a la fuerza”, dice Ricardo mientras llama a Mosca, la primera vaca que será ordeñada.



“¿Mosca?”, pregunto. “Sí, no ve que es toda negrita”, contesta Ricardo sin mirarme y amarrándole las patas traseras a Mosca. “Esto no tiene ciencia, no más uno presiona un poquito y sale leche”, comenta en tanto que lava las ubres de la vaca. “Mentiras, hay gente que no es capaz de ordeñar”, agrega mientras chorros de leche llegan al balde azul que se pone entre las piernas.

“Eso tiene su ciencia”, le digo. “Si usted la aprieta y la deja apretada no le va a salir leche”, continúa. “Tiene que ir aflojando para que se vaya llenando otra vez”. Mosca está entretenida con dos puñados de concentrado que Ricardo le puso antes de ordeñarla.

“Tampoco puede halar mucho para bajo, tiene que ser a un término medio”. El balde azul está lleno y Ricardo procede a desinfectar las ubres con iodine.



Dino está echado al lado de Ricardo. “Este perro es una belleza, es muy inteligente”. Siéntese, y el perro se sienta. Acuéstese, y el perro se acuesta. Voltee la nalga, y el perro la voltea.

“Maruja, venga pues, venga”, dice en voz no tan alta y así, la vaca se pone de pie y se acerca al lugar de ordeño. “¿Maruja?”, pregunto. “Sí, es que eran Tola y Maruja, a Tola la vendí y quedé con esta”.

Una a una van pasando al lugar de ordeño: Gallinaza, Lola, Capulina, Jota, Pepa, Golondrina. “Estos animales son muy nobles, ¿no?”, comento, una de las vacas se me acerca y Ricardo me dice “que la sobe, vea”. “Pues algunas sí son nobles, tienen su carácter, a veces amanecen malgeniadas”, me cuenta.



“Listo, sigue usted”, me dice Ricardo luego de haber limpiado bien la ubre de Pepa. Procedo a ubicar el banquito que él mismo mandó a hacer con el piñón de una bicicleta y tres varillas, acomodo el balde azul y agarro la ubre de Pepa.



Presiono la ubre hacia abajo en término medio como me enseñó Ricardo y lo único que veo es un hilo blanco que lo único que logra es una carcajada de Ricardo. Él se acerca y me explica nuevamente, coge la ubre y el chorro de leche sale disparada hacia el balde, mientras yo, continúo haciendo vanos esfuerzos por lograrlo. Ricardo no para de reírse y dice “viéndolo bien esto sí tiene su ciencia. Cualquiera no ordeña”.


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